jueves, mayo 14, 2009

LODOS SIN POLVOS


Un amigo ha pedido a Vanitas que le cuide el nido mientras se ausenta y allá va el poeta otra vez sin casa propia...
Y he aquí que a los dos días le pican a la puerta. Es una chica pálida, granuda, fea, flaca, de sonrisa desganada y como escrupulosa, envuelta en un batín raído de viejas y ásperas lejías...
Que vive abajo y que si no le importaría dejar de ver películas a la noche, que es que en esta casa se oye todo, que no, que no es que el volumen esté alto, que es que no puede dormir, que no se lo tome a mal, que perdone la molestia, que claro, que cloro, que lejía....
Bueno, sí, vale, bien, hala, se acabó ver películas por la noche...
Aunque, coño, resulta que justo por detrás de la casa pasa un tren cada cinco minutos, un tren veloz que hace –literalmente- temblar las paredes del edificio... ¿Cómo puede dormir la chica con ese tren traspasándole los sueños?
En fin, ella sabrá...
Total que a la semana Vanitas viene a casa con una dama y se revuelcan en los lechos rojizos de la tardecita y luego cenan y a media noche se transforman en calabazas abrazadas al cuento del morir, o sea que duermen.
Estupendo, pero al día siguiente otra vez la flaca en la puerta, la sonrisa de asquito, la lejía, las...
Que, claro, como se oye todo, las risas, las voces, los pasos, todo, todo, todo, que no te quiero avergonzar, entiéndeme, que no es que no tengas derecho, pero te pediríamos (¿plural? Sí, señores, por detrás de la puerta se desliza una voz masculina apuntando en polaco) que después de las nueve...
Jo-der, hay parejitas a quienes un vecino les impide dormirse a solas con su nadie.
Hay parejitas a quienes un polvete ajeno cuando muere la tarde no les despierta la sangre, no les anima el cuerpo.
Hay parejitas descarriladas en el tren de cercanías de la convivencia, que les ha atravesado el sueño y se lo ha transformado en delirio de soledad, manía perseguidora, angustia bañada con lejía...

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domingo, mayo 10, 2009

RAY LORIGA, DOLOR DE BARRIGA


Hay escritores –por llamarlos de alguna manera– que viven de posar más que de escribir libros.
Estamos hablando de Ray Loriga –por llamar de ninguna manera a quien de todas maneras se llama Jorge Loriga Torrenova–: maldito desde las pasarelas, marginado desde los platós, pasota en Nueva York.
A Ray Loriga, el escritor que hace zás y aparece en la tele, la acrítica subvencionada lo calificó de representante de la Generación X, es decir, representonto de la degeneración noventera.
Luego Ray, entre derrota y victoria de su amado Real Madrid, entre road fiction y palomitas de maíz, clamó que su formación literaria la debía a los clásicos castellanos que le obligaron a leer en el instituto.
Pero su prosa es la de un remedo de segundones yankis mal traducidos: sin garra, sin fuerza, sin estilo, sin personalidad, sin historia.
Para haber elegido su pseudónimo por Sugar Ray Leonard, sus libros tienen muy poca pegada.
Consciente de su mediocridad desde sus comienzos, Ray ha preferido mendigar en el cine, ya que el forraje de guiones alimenta mejor que la novelística.
De vez en cuando publica en El País –el diario global de los traidores particulares– unas tonterías mal hilvanadas en las que se pretende en crisis creativa, imitando a su equivalente en el mundo musical: Enrique Bunbury, el membrillo, que a su vez imita a Jim Morrison, pero en plan giliDoors.
Si Ray se retirase de las pasarelas, los festivales, el cine, la Harley, los cocktails y de Christina Rosenvinge, que es de lo que vive, le quedaría tiempo para escribir y leer, y se le esfumaría la crisis.
Pero prefiere hacer como que se retira de la escritura y seguir dedicándose a lo demás.

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sábado, mayo 09, 2009

IR A LA PLAYA, IR A LA MODA


Uno, que sufrió la infancia a pie de playa, tragando arena y escupiendo salitre, odia ese espacio que el mar deja libre y los ociosos ocupan con sus barrigas, musculitos, celulitis, pelos, cadenas, transistores, cremas, sudor, jabones, gritos, llantos, pelotitas de tenis, balones de fútbol, discos, diabolos, frustraciones, complejos y necesidad de espacio.
Uno era hijo de un amante de la playa que no iba a la playa, pero lo obligaba a uno a bajar a hacer el ridi entre marujas y marianos, jovencitas cachondas y jovenzotes ruidosos y salpicadores.
Así que, en cuanto uno conquistó un poco de independencia, es decir que le crecieron las piernas lo bastante para escapar de casa, uno no ha vuelto a pisar una playa ni para echar un polvo.
No obstante, sin poder evitarlo, algunos veranos uno se asoma a una playa cualquiera y descubre que, aunque el espíritu de la masa allí concentrada permanece, el paisanaje playero exhibe una nueva moda: los tatuajes.
Cuando yo era niño los tatuajes sólo los llevaban los presidiarios de mala catadura, pero ahora los lucen las chatis y sus machaquitas, imitando a las estrellas de Hollywood, y también las amas de casa y sus marianos panzudos, imitando a sus hijos e hijas. (Vivimos en una sociedad donde los adultos imitan a los jóvenes; con eso está dicho todo.)
Mientras la carne es firme, el tatuaje puede aportar cierto encanto al portador o portadora, pero conforme van pasando los años y la tierra nos va llamando a su seno, los tatuajes decoloran, delatan inconsistencias huesífugas y ensanchan con la grasa.
El conejito Playboy tatuado en el vientre de una chica de 18 primaveras acabará transformado, antes de que llegue el invierno de la senectud, en la viva estampa de la mula Francis o de la vaca Ciriaca, según cuánto coma la dueña.
Un delfín se transformará en Orca, la ballena asesina... etc.
Ante este panorama, prefiero tirarme al monte, a que me devoren las fieras de verdad.

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martes, mayo 05, 2009

LUIS ROSALES, LA VIUDA TRIPLE


Luis Rosales nació en Granada en 1910 y fue, ademenos de poeta, falangista y, además, amigo de García Lorca.
La afición al falangismo la conservó hasta que murió Franco y la amistad de Federico la mantuvo hasta que unos señores con pistolas picaron a la puerta para pasear al marica rojeras que se había refugiado allí creyendo que el falangismo y la amistad de Rosales le librarían de la muerte.
“Federico murió y yo debí haber muerto con él”, dijo Rosales, añísimos después, con un Premio Cervantes ya debajo del brazo, haciéndose el protomártir con carácter retroactivo.
Si Luis Rosales se hubiese ofrecido para ser ejecutado en el lugar de Federico, la historia de la literatura le hubiese quedado agradecidísima, pero él temía se le ensuciara de sangre la camisa nueva y prefirió redactar sonetitos impecables, de rima trabajada y acentos efectivos como plomo en la nuca.
Dado que los malos amigos tienen algo de asesinos en serie, Rosales empezó a frecuentar a Leopoldo Panero, para desesperación de Felicidad Blanch, que se lo encontraba hasta en la sopa recitando bobadas y dejándola sin marido.
Cuando Leopoldo Panero pasó de beberse los caudales familiares a tomar la horizontal definitiva – única manera de librarse de Luis Rosales–, el enviudadísimo amigo recitó una loa pública e impúdica al poeta, delante de unos hijos que ya habían superado al padre en el verso y el bebercio.
Cuando le llegó el turno al Caudillo, Rosales trocó el tradicionalismo por el oportunismo y le recompensaron con un Cervantes no del todo inmerecido.
Hoy es uno de esos poetas de los que se acuerdan los profesores de literatura porque lo pone el temario, que si no...

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lunes, mayo 04, 2009

RIDICULUM VITAE


Pese a gozar de buena salud, nací en un hospital.
Hijo de un vago de oficio y de una mujer sin beneficio, crecí porque no pude evitarlo y fui al colegio cuando no me quedó más remedio.
Los profesores insistían en explicarnos el mundo a su manera y, así, fui evadiéndome de la irrealidad circundante para sumergirme en la realidad apetente.
Me obligaron a leer para, a continuación, quejarse de que me gustaban más los libros que las personas. Olvidaban que también me gustaban los animales.
En la adolescencia las mujeres me ignoraban y desde entonces me tiran de la manga exigiendo atención. No saben lo que quieren… y yo tampoco.
Me obsesionaba Dios como posibilidad de este imposible, pero Dios tenía que satisfacer a demasiados clientes y yo no pagaba al contado. Pronto agoté mi crédito y luego el crédito de Dios: la fe.
Me dicen: “Piensas demasiado. Deberías sentar la cabeza”. Si siento la cabeza, ¿pensaré con el culo? El culo es un pensador excrementicio, acomodaticio, flatulento. Yo amo el conflicto.
Los años me han hecho malvado, pero a cambio me han dado paciencia.
Dicen que parezco más joven de lo que soy. Tal vez la inmadurez psicológica me garantice la eterna juventud, vanidad de vanidades.
Hoy día gozo de mala salud, la gozo cuanto puedo, porque la mala salud es lo último que se pierde.

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jueves, abril 30, 2009

HUERFANOS DE JAVIER ORTIZ


Ha muerto Javier Ortiz, el columnista del sentido común, así que a partir de hoy ya no habrá una columna a la que agarrarse en tiempos de cinismo, hipocresía y deliberada ignorancia.
Javier Ortiz era un vasco sin pedigrí, un rojeras sin dogmatismo, un sentimental sin sentimentalismos, un racionalista con sentimientos.
Como tantos de su cuerda, peregrinó por diferentes medios de comunicación clandestinos y por indiferenciables medios de incomunicación legalizados, del folleto a la prensa, de la prensa a la radio, de la radio a la televisión, sin aspavientos, pero diciendo lo que tenía para decir.
Dejó El Mundo después de que le censurasen un artículo acerca de Emilio Botín, ese señor que nos gobierna sin que nos demos cuenta, para que no nos demos cuenta y aunque no abramos cuenta en una de sus sucursales.
Acabó en Público, un diario baratito –es lo mejor que tiene, por unos céntimos te enteras de tanto como con medios más caros: de nada.
Allí, Javier Ortiz, con su prosa clara y directa, dijo ese puñado de verdades que nadie más decía, aunque estaban a la vista de quien quisiera abrir los ojos...
No sé si dan cuenta, pero los que nacimos con el Generalísimo en estado de descomposición concreta nos estamos quedando huerfanitos. Se están muriendo los periodistas que sufrieron primero el exilio y la cárcel de Franco y luego la marginación mediática progresiva (que no progresista) por parte de quienes entendieron que la morrocracia capitalizada es un negocio que se desarrolla a base de dinero y de contactos –no de cultura, no de integridad intelectual.
Uno rebusca en la prensa diaria con esperanza de encontrar nuevos columnistas que maticen la realidad, pero no aparecen por ninguna parte. O nadie piensa críticamente, ni lee con discernimiento, ni escribe con precisión entre nosotros, o habrá que concluir que solamente los jetas, los enchufistas y los aduladores prosperan hoy día.
Javier Ortiz, con sus colaboraciones en la prensa diaria de tirada nacional, ayudaba a creer que aún había espacio, aunque fuera una columnita, para aportar sentido común, indignación ética e integridad personal.
Pero se ha muerto.

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domingo, abril 26, 2009

PERSEGUIDO POR LA LEYENDA




Vanitas, el escritor solanas y pelanas, sufre una leyenda que le persigue, una leyenda que, lejos de alimentarle, se alimenta de él, hasta dejarlo descalcificado y desnutrido.
El otro día –no vamos a dar fechas porque el prurito de los números no lo padecemos-, el descalcificado Vanitas abrió la página electrónica del diario El Mundo y encontró, en lugar destacadísimo, la noticia de la detención del supuesto número 2 de la desorganización desarmada ETA. Uno lleva toda la vida sufriendo el periodismo en sus propias carnes y sabe ya que ETA, según los tribuletes, tiene un número periódico puro de dirigentes, o sea que ni leyó la nota.
En lo que se fijó fue en una columna que, a la derecha de la pantalla, registra las noticias más leídas y vio que, contra la tan cacareada preocupación de los españoles por el terrorismo, la detención de un etarra figuraba en el séptimo lugar.
La noticia más leída era un reportaje acerca de una mujer que se gana el pan prostituyéndose con minusválidos. Para encontrar esta nota, los lectores debieron pulsar el cursor hasta el límite, pues figuraba abajo del todo de la portada digital.
La verdadera sorpresa, sin embargo, vino unas horas después, cuando al correo electrónico del descalcificado escribiente llegaron quince (15) enlaces al prostitucional reportaje, facilitados por amigos que se habían acordado de Vanitas –según alegaron- al leer la noticia.
Y Vanitas se preguntó: ¿Por qué coño se acordaron de mí? ¿Me prostituyo? ¿Acaso soy minusválido? ¿Tal vez paso por cafisho?
Entonces se acordó de que recientemente había publicado en este mismo diario un comentario acerca de las ganas que una madre tenía de que su hijo con Síndrome de Down echase un casquete.
Pero no se tranquilizó. La gente, cuando piensa en anormaladas, se las enjareta a quien le conviene.
El descalcificado y descalificado escribidor ha sido individualizado por la masa –esa acumulación de voluntades tendentes al linchamiento- y la masa se siente provocada por la realidad que la circunda, olvidando, o queriendo olvidar, que la provocación reside principalmente en la mente del provocado.
Así, la leyenda de un hombre no es otra cosa que un constructo colectivo: la comunidad proyecta en él lo que deyecta su propio culito.

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