LODOS SIN POLVOS

Un amigo ha pedido a Vanitas que le cuide el nido mientras se ausenta y allá va el poeta otra vez sin casa propia...
Y he aquí que a los dos días le pican a la puerta. Es una chica pálida, granuda, fea, flaca, de sonrisa desganada y como escrupulosa, envuelta en un batín raído de viejas y ásperas lejías...
Que vive abajo y que si no le importaría dejar de ver películas a la noche, que es que en esta casa se oye todo, que no, que no es que el volumen esté alto, que es que no puede dormir, que no se lo tome a mal, que perdone la molestia, que claro, que cloro, que lejía....
Bueno, sí, vale, bien, hala, se acabó ver películas por la noche...
Aunque, coño, resulta que justo por detrás de la casa pasa un tren cada cinco minutos, un tren veloz que hace –literalmente- temblar las paredes del edificio... ¿Cómo puede dormir la chica con ese tren traspasándole los sueños?
En fin, ella sabrá...
Total que a la semana Vanitas viene a casa con una dama y se revuelcan en los lechos rojizos de la tardecita y luego cenan y a media noche se transforman en calabazas abrazadas al cuento del morir, o sea que duermen.
Estupendo, pero al día siguiente otra vez la flaca en la puerta, la sonrisa de asquito, la lejía, las...
Que, claro, como se oye todo, las risas, las voces, los pasos, todo, todo, todo, que no te quiero avergonzar, entiéndeme, que no es que no tengas derecho, pero te pediríamos (¿plural? Sí, señores, por detrás de la puerta se desliza una voz masculina apuntando en polaco) que después de las nueve...
Jo-der, hay parejitas a quienes un vecino les impide dormirse a solas con su nadie.
Hay parejitas a quienes un polvete ajeno cuando muere la tarde no les despierta la sangre, no les anima el cuerpo.
Hay parejitas descarriladas en el tren de cercanías de la convivencia, que les ha atravesado el sueño y se lo ha transformado en delirio de soledad, manía perseguidora, angustia bañada con lejía...
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